No hay dudas que la contradicción fundamental
de las sociedades burguesas sigue siendo el choque irreconciliable entre la
clase trabajadora y la clase capitalista. Eso continúa constituyendo la savia
vital del sistema: la producción centrada en la ganancia empresarial. En ese
sentido: los trabajadores generan la riqueza que una clase, la poseedora de los
medios de producción, se apropia. Esa contradicción, sigue siendo el motor de
la historia, que determina otras cuestiones muy importantes: las diferencias de
género, la discriminación de los inmigrantes, la homofobia, los desastres
ecológicos, los problemas de viviendas, etc.
La explotación capitalista funciona sobre la
base de que los trabajadores perciben un salario inferior al valor de lo que
producen, diferencia de la que se apropia el dueño del capital. Esto funciona
con normalidad mientras los trabajadores acepten con normalidad este orden
establecido. Cuando el orden se rompe por las luchas obreras los capitalistas
recurren a soluciones drásticas. La contradicción entre la fuerza de trabajo y
el capital pone como actores principales del escenario revolucionario a los
trabajadores, en cualquiera de sus formas: industriales, agrícolas, campesinos
pobres, trabajadores autónomos, amas de casa, trabajadores precarizados e
informales.
Los dueños del capital tienen una inmensidad de
medios para frenar las luchas obreras. Entre otros métodos, además del dominio
parlamentario encuentran pequeños grupos capaces de frenar el movimiento
revolucionario que entorpece su poder patrimonial y que aspira a acabar con la
explotación y la extracción de plusvalía. Estos grupúsculos reaccionarios y con
ideas anacrónicas son financiados hasta engrandecerlos y llevarlos a posiciones
políticas predominantes. Cuando el juego parlamentario no servía, el fascismo
fue el recurso para acabar con la democracia, con los sindicatos,
Lo cierto es que, las derrotas históricas y el
tremendo revés que la clase trabajadora ha sufrido a nivel mundial con el
capitalismo salvaje de estos años, al que se llama “neoliberalismo”. Mediante esta
herramienta del sistema burgués, los trabajadores, los verdaderos y únicos
productores de la riqueza humana, han quedado muy desorganizados, y
desmoralizados. El neoliberalismo ha llevado a la precarización de las
condiciones generales de trabajo, pérdida de derechos conquistados en duras
luchas obreras, integración de las organizaciones sindicales en las
instituciones y con ello el abandono de la defensa real de los trabajadores.
La gente tiene que tener claro que la
precarización laboral y la desindustrialización que sufre la región extremeña
no la va a recuperar, ni el PP, ni VOX, el gobierno de coalición entre ambos,
ni el PSOE, ni mucho menos otros sectores que se nombran a la izquierda del
reformista partido socialista. Por muchas industrias que puntualmente se
prometan que van a venir, es muy difícil recuperar un territorio en donde los
gobiernos estatales y regionales no tienen programas sistemáticos con fuertes
inversiones para el desarrollo industrial, ni en infraestructuras físicas y
técnicas, ni atractivos para que los jóvenes no tengan que marcharse, a pesar
de que hay una carencia importante de fuerza de trabajo.
En nuestros pueblos, sociedades con un notable
subdesarrollo industrial, la clase obrera que se emplea en el sector
industrial, en las grandes industrias, sufren un chantaje por tener un trabajo
industrial, aunque los salarios sean muy bajos que apenas dan para vivir,
ofrecen una garantía económica que ningún otro sector laboral puede ofrecer a
los trabajadores en estos pueblos, ya sea en la agricultura, la hostelería, o
en cualquier otro ámbito laboral. De aquí, que en estos territorios la clase
obrera empleada en las industrias locales a pesar de la tremenda explotación
que sufre, esté dispuesta a aceptar unas condiciones salariales y de
explotación que en otros lugares no se aceptarían.
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