Una
sociedad no puede estar tranquila y satisfecha mientras la penuria y la miseria
se ceban contra los más pobres y abandonados. Debiera ser una preocupación urgente
de los representantes de las administraciones públicas atender a las decenas de
personas sin techo que deambulan de un lado a otro en las calles de localidades
de Mérida, Badajoz, Cáceres, etc. Personas que encuentran un techo en edificios
abandonados y en lugares de los más impensables, inaccesibles para la comodidad
y el mínimo bienestar que pueda tener un ser humano.
Ciertos
sectores de la sociedad dicen que estos pobres sin techo no quieren que nadie
les controle. En efecto, algunas de estas personas huyen de las normas y del control
que les imponen sus adicciones, pero por eso la atención institucional no se debe
limitar a que tengan un techo, sino a recuperarlos para la integración social.
Por eso, es necesario que reciban una atención doméstica, alimentación y techo,
sino también sistemática sanitaria y psicológica para vencer las adicciones que
los dominan. Las administraciones públicas tienen la obligación de dedicar
partes de sus presupuestos a combatir estas dramáticas situaciones personales generadas
por las tremendas desigualdades sociales.
Los
representantes de las entidades públicas publicitan en las redes sociales, en
los medios de comunicaciones, en representaciones públicas, el éxito individual
y colectivo, premiando y agasajando a los triunfadores en la moda, la cultura,
el deporte, la educación, la literatura, etc. de este modo pretenden normalizar
una sociedad determinada, pero dejando en el olvido y ocultando a quienes
sufren silenciosamente la precariedad y las múltiples penurias vitales. En
definitiva, es más fácil y exitoso aplaudir la gloria y el triunfo que la
dureza y el sacrificio que implica enfrentarse a las injusticias que generan las
propias estructuras económicas, sociales y políticas sobre las que se asientan los
representantes institucionales.
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